Nadie puede discutir que eso de ama a tu prójimo como a tí mismo es un absurdo y una mentira de las más grandes del mundo cristiano.
Si se trata de quimeras, esta es la máxima.
Sin embargo en el aspecto práctico e interesado esto sí que tiene sentido y es más verdadero, ese es el verdadero sentido y NO VIENE DE DIOS. Viene del hombre, son prácticas utiles pero NADA MAS ni divino ni místico, ni esas tergiversaciones revelaciones de dios a su pueblo elegido y cuanta mentira más se pueda inventar para puro aprovecharse de la gente.
2. La sabiduría oriental
Sólo podemos decir qué cosa sea esta sabiduría que inspira una parte tan considerable del AT, refiriéndonos al movimiento literario del mismo nombre que aparece en el oriente bíblico mucho antes de que Israel se asome al escenario de la historia. Efectivamente, desde hace aproximadamente un siglo, la arqueología nos va informando sobre el hecho de que toda la región comprendida entre el valle del Nilo y las orillas del Eufrates conoció y cultivó desde el tercer milenario a.C. un peculiar género literario, llamado sapiencia. La sabiduría de Egipto (Act 7, 22) está documentada: por toda una serie de textos doctrinales, desde la más antigua colección de sentencias de Ptah-hetep (v dinastía, sobre el año
La «sabiduría» a que se refieren estos textos no tiene nada de transcendente o metafísico; es simplemente el arte de vivir que podríamos definir como la filosofía ética de aquellos antiguos pueblos. Los semítas empleaban el término de «sabiduría» para expresar destreza y habilidad en cualquier actividad. Aplicada a la vida, la palabra significa lo mismo que habilidad para saberse guiar a buen término a sí mismo y los propios asuntos. Pareja habilidad, que es el arte más difícil, es llamada con razón «sabiduría», y los que la enseñan y practican son llamados «sabios». El primer repertorio de esta ciencia de la vida son los llamados proverbios populares, aquellas fórmulas breves y agudas que traducen la lección del buen sentido práctico, sacada de la observación de la naturaleza en general y de la humana en particular. Toda esta secular experiencia, recogida, organizada y transmitida en el proverbio docto, fruto de la reflexión, y en sus derivados, constituye justamente el género literario sapiencial, la «sabiduría» en sentido objetivo. Es por de pronto, y especialmente en Egipto, herencia de las clases superiores, sobre todo de la casta de los escribas, secretarios, consejeros y ministros del faraón, que se la transmiten de padres a hijos, expresada en códigos de normas para el éxito en la vida y en la carrera, que pueden resumirse en esta fórmula: No hacer mal a nadie. Sin duda se trata de una fórmula más utilítaria que caritativa, la cual está dictada por el propio interés. Pero, al condicionar el bienestar a la práctica de ciertas virtudes naturales que son congénitas al hombre y constituyen la base de la moralidad (justicia, honestidad, veracidad, lealtad, fidelidad conyugal, amistad, afabilidad, fuga de los excesos y hasta cierto ascetismo), la sabiduría no sólo es útil, sino que además admite una elaboración ética. De hecho, la sabiduría, madurada por los acontecimientos y la reflexión, fue poco a poco perdiendo el carácter clasista y utilitario hasta tomar el acento humano del noble escrito de Amem-em-ope, de la novela de Ahiqar y de algunas máximas asirias, donde leemos preceptos como éste: «Da comida al que tiene hambre, vino al que tiene sed. Honra al que te pide limosna, vístelo para complacer a su dios, que te lo pagará. Sé caritativo, haz el bien.» Y un consejo que se diría francamente copiado del evangelio: «No hagas daño al que te combate; responde con bien al que te hace mal» (ANET 426, cf. Mt 5, 38-44). Desde los tiempos de los ingeniosos proverbios la sabiduría oriental recorrió un largo y benéfico camino hasta alcanzar esta altura.
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